Prendió un cigarro para enviarle señales de humo purpura pero de repente entendió que esta vez era ella quién se había marchado, que era ella quién había lanzado aquel adiós definitivo.
Basto mirarle por última vez para saber que ya no había nada por decirse ni razones para recordarse, basto verle desaparecer de su vista para sentir como dentro de si todo se quebraba, ya no espera un reencuentro ni mucho menos una coincidencia.
Camina entre la gente con los pensamientos perdidos, los sentimientos deshechos y los cabellos despeinados. Su vida es una especie de película muda en la que cierra los ojos sin la mínima esperanza de soñar, ha encontrado consuelo en las paginas de algunos diarios y en infinidades de tazas de café.
Perdió las ganas de volar a pesar de que conserva intactas sus alas y lo que un día le supo a gloria hoy le sabe a no sé que oscuro.