sábado, 30 de julio de 2016

Volver.

Volver, cómo nos cuesta volver; a personas, a lugares, a recuerdos y a todo lo que un día nos hizo felices, o tan sólo nos llenó de paz.

Volver a coger una pluma y un papel después de mucho tiempo, ha de ser una labor tan complicada y sencilla a la vez, como tomar la bicicleta para dar un paseo luego de años sin subirse en ella.

Con algo de miedo a caer, te impulsas, piensas que ya olvidaste cómo hacerlo, y sin embargo algo no deja que te rindas, pedaleas con fuerza, un poco temeroso, pero minutos después, ¡Voilà!  Ahí lo tienes; como por arte de magia, estás rodando.
El viento te despeina el cabello, te enfría la punta de la nariz, tus manos sujetan con firmeza el manubrio, y ahora, quieres ir cada vez más rápido, y más lejos.
 
Ya sé que algunas cosas como montar bicicleta o escribir jamás se olvidan, sólo cuestan un poco de trabajo y asusta volverlas a hacer si las dejas de lado mucho tiempo.
Es por eso que me siento así justo ahora, como si mis manos hubiesen olvidado los trazos de mis pensamientos o de mis sentimientos, ya no sé por donde empezar ni mucho menos cómo acabar.

Escribir siempre había sido una puerta secreta, un túnel con mil salidas, un bosque, una nube. A lo mejor un hogar, uno del que decidí partir, sin avisar.

Durante mucho tiempo anduve buscando el momento preciso, la inspiración correcta, el sentimiento perfecto; y ahora me pregunto si tal vez ese momento preciso fue tan simple y decisivo como la caída de una hoja seca de un árbol, el sonido de la puerta al salír de casa, o simplemente la sonrisa al final de un beso.
A lo mejor es peor de lo que pensé, y la inspiración que tanto me esforcé en encontrar estaba posada en la sonrisa del niño sentado a mi lado en el autobús, en la lluvia humedeciendo mis mejillas, o tan sólo en el humo de mi cigarrillo.

De ser así, entonces todo habría pasado justo frente a mí, tan rápido como un rayo de lucidez, uno que perdí en un instante tan efímero y difuso que en minutos no podré ni recordarlo.

Por eso llegué a la clara conclusión de que la abstinencia, ha de ser la misma sensación de mierda, que probamos los drogadictos sin droga, los músicos sin música y los escritores sin escribir.
Llenos de botellas vacías, cajetillas vacías, hojas vacías y de seguro vidas vacías.

Esto somos, un pequeño fragmento de un libro que del probablemente jamás sepamos en final, con hojas arrugadas, renglones corregidos, palabras tachadas, páginas arrancadas y sobre todo, frases que queremos recordar por lo que dure la historia que queramos contar.

Hoy ya no me no importa si no vuelvo a escribir para nadie, porque al fin y al cabo siempre lo haré para mí. Porque escribir es sencillamente una pasión, mi pasión, una para vivir, pero sobre todo para salvarme del mundo y principalmente de mí