miércoles, 26 de noviembre de 2014

Dejarte ir.

Dejarte ir es tirar el cigarro antes de acabarlo, servir el café y que se enfríe sin siquiera tocarlo.
Dejarte ir es tener miedo de no verte volver, llenar mi habitación con botellas sin beber.
Dejarte ir es pasar noches sin poder dormir, es fallar mil veces intentando escribir. Caminar sin pasos, verte en otros brazos.
Dejarte ir es verte llorar por alguien más, devolver el tiempo atrás, querer abrazarte más.
"Dejarte ir", esas palabras que tanto me duele decir.

La pelota roja.

Es viernes, "Tu día de suerte" dice mamá mientras me besa la frente y me da palmaditas en el hombro, — no llegues muy tarde y abrígate bien — grita mientras se pierde su voz al hacer sonar las estruendosas campanitas que chocan entre si al cerrar la puerta.
La calle parece de papel, y pienso en lo mucho que me gustaría no sentir nada, ser un frío e imperturbable pedazo de roca como el que pateo de camino al parque. De repente recuerdo nuestra corta charla de anoche:
— ¿Así que te veré mañana? — Le pregunté en el teléfono intentando que no me temblara la voz.
— A las cinco y treinta, mon amour — Me dijo, y dos segundos después sólo hubo silencio, seguido del detestable pitido que anunciaba que había colgado.
Qué vacío siento siempre al saber que vamos a vernos, como si se abriera en mi pecho un agujero que sólo su ser puediese llenar.
Después de unos minutos de caminar al fin llego, y ya no dirijo la mirada al suelo ni a la roca que rodaba en el asfalto por el golpe de mi bota. El cielo se me hace tan gris, tan azul, tan purpura, maravilloso, infinito, como mirarle a los ojos, como besarle los labios fríos.
El parque está vacío y las frágiles gotas de lluvia empiezan a caer sobre mi abrigo, sé que había prometido dejarlo ¿pero cuándo he cumplido alguna de mis promesas? Así que enciendo la mechera, cinco y treinta, uno, dos, tres, cuatro cigarros y este último por mitad, cinco y cincuenta, veinte minutos de retraso, sabía que pasaría, el dedo se me empieza a hacer ceniza y al fin, le veo, entrecortada por las ramas de aquel árbol en donde solíamos sentarnos por horas sin decirnos nada.
De repente, no hay segundos, ni minutos, ni presente, ni pasado, ni futuro, sólo mi corazón latiendo a mil ganas de besarle por minuto.
- ¿Hola? ¿estás ahí? ¿estás bien? — Me decía, y parecía que me hubiese ausentado por toda una vida.
De seguro me puse como una pelota roja de esas como las que tiran los niños por ahí.
Finalmente reacciono — Hola, sí, todo está bien — Una amplia sonrisa apoderándose de mi rostro, qué idiota, se me comió la lengua un ratón, un pájaro, un dinosaurio enamorado de ti.
Siempre es como si le viera por primera vez, con sus ojos oscuros, y sus labios rojos, rojos como pelotas de esas que los niños tiran por ahí, pero yo no la tiraría por ahí, claro que no, la guardaría para mí, sí, exactamente en ese lugar donde sólo yo pudiese encontrarla.
— Espero no haberme retrasado demasiado. — Me dijo, mientras me tomaba de la mano.
— Descuida, sabes que no tengo lío con eso de esperar — Le dije, pero me conoce, no puedo mentirle sabe que me falta paciencia como su ser en todos mis días.
— ¿Así que esperas que te compense? — Dijo con una de esas sonrisas pícaras de las que no puedo escapar.
No respondo y suspiro, silencio, se encuentran las miradas, sonreímos y me besa de sorpresa, han tirado la pelota roja y va rodando, libre, bajo el sol, bajo la lluvia, resbala y de repente se congela, seis y cinco, cuatro, tres ¡Joder! ¿Qué numero sigue? todo se detiene, la pelota roja de esas como las que tiran los niños por ahí ha chocado contra el reloj, lo destruye, lo desmorona, ahora el tiempo no es más que una de esas metáforas que me cuesta endender ...

domingo, 2 de noviembre de 2014

Bonne nuit.

Empezar un libro nuevo, perderme en la mitad de la lectura, ¡Carajo! 
Página 140 y no entiendo nada, mis ojos han pasado por las líneas como quien va por la calle buscando un rostro entre la multitud, la concentración se la llevo octubre, las ganas se quebraron en la hierba inmóvil y seca que pise en la mañana.
Me siento como un analfabeta intentando comprender la Ilíada,  ó peor aún, yo intentando solucionar la odisea de mi vida, intentaré dormir, ¡Eso es! quizas funcione, deseo con el alma que funcione.
11:30 ¡Cierren la ventana! Mi sueño  escapa veloz sobre su caballo de nubes.
— Qué desgracia — Pienso. Se ha ido, suspiro entrecortado, cabeza contra la almohada y una guerra bajo ella.
—La tregua — Exijo tajante, pero mis pensamientos se niegan.
Me han clavado la duda en en cuello, y empiezo a sangrar tinta, coágulos de letras derramados sobre la blanca sábana.
— ¿Ha llegado el fin? — Seguro que sí. Sólo se me viene a la mente su nombre, su sombra colándose por entre mis pestañas, su fina silueta me acaricia pero no me salva, sólo me desgarra, le veo alejarse de nuevo, con mi corazón en las manos y sonríe, le odio, me encanta.
—Qué dolor— Un grito mudo, me hago un nudo, qué dolor no poder morir allí, justo allí, justo en una de sus sonrisas.