lunes, 25 de agosto de 2014

La noche huele a smog.

Es viernes, empieza a caer la tarde y con ella los ánimos de los caminantes que llevan la conciencia ennegrecida por el smog que penetró sus sienes toda la semana. Figuras inmóviles en los paraderos están medio muertasdefrío mientras las pequeñas gotas de lluvia golpetean sus parpados cansados, parecen descongelarse momentáneamente para sacar su cajetilla de cigarrillos Marlboro en la que quisieran encontrar en la parte trasera una advertencia que dijese “Fumar puede matar, pero la soledad también”  así que casi por inercia encienden la mechera como si la luz de la diminuta llama redimiera los esfuerzos de los últimos días.
Son las 6.45pm, el viejo reloj de la avenida principal parece estar a punto de colapsar, da la impresión de que en cualquier momento sólo se detendrá. Las calles se enfrían  y con ellas las palabras, los corazones, las miradas y las esperanzas que se desmoronan contra el pavimento.
Es el momento del día en que sólo es posible ir por ahí pateando hojas secas y saltando pequeños charcos  multicolor que reflejan las tristes luces de neón. El humo azul danza frente a nuestras pupilas y se eleva deseoso de ser una nube, una pequeña escalera al cielo con Led Zeppelin sonando de fondo.
La noche huele al claxon frenético de los automóviles, la noche huele a preocupaciones del trabajo y crisis existenciales de los 40 , la noche huele a jóvenes con la vejez pegada a las retinas. Y poco a poco como una enfermedad que se transmite por las miradas se empaña en la memoria  el recuerdo de las noches que olían a primer beso en un parque, a cuello con aroma a vainilla, a café y viejas hojas de un libro, noches que olían a pequeños barcos de papel de navegando las estrellas ebrias de sentimientos, noches que olían a estéreos repletos de cassettes de los Stones o los Sex Pistols con sus letras fuera de contexto, noches que simplemente olían a noches.

martes, 12 de agosto de 2014

ENTRE BRISAS.

Y de repente estaban allí, tan ausentes, tan lejanos, casi a punto de desaparecer.
A pesar de que sólo los separaba un viejo árbol astillado por el olvido, parecían haber construido un enorme muro congelado por las miradas y la  brisa que rozaba impaciente sus cuellos.
Se miraban de reojo, las esperanzas les colgaban de las pestañas y las palabras se desmoronaban sin si quiera ser pronunciadas, los sueños tejían en recuerdos las viejas risas y caricias.
Anhelaban el reencuentro, querían atraparlo y estrecharlo contra su pecho como un pequeño que ha dejado escapar su pelota amarilla, que le recuerda que la vida es amar y ya.
Empieza a caer la noche y con ella la resistencia, el orgullo se desintegra, se rinden, se acercan sus siluetas entre sonrisas complices y al final sólo sienten sus labios fundirse al compás de las ramas chocar se entre si como si su fugaz amor redimiera al mundo.

domingo, 10 de agosto de 2014

PÁGINAS EN BLANCO.



Era una tarde lluviosa y nublada, Samuel acababa de ser diagnosticado con una extraña enfermedad que no tenía cura, los médicos dijeron que su esperanza de vida era corta, así que iba sin prisa alguna y hecho pedazos, sólo esperaba que la lluvia empezara a caer gota a gota sobre él, así que se detuvo en un parque en el que encontró sobre una banca un pequeño libro, se sentó junto a el y empezó a ojearlo, al parecer era muy antiguo pero aún se mantenía muy bien conservado, miró a su alrededor buscando un posible propietario pero todo estaba desierto. Sólo estaban allí aquel libro y él compartiendo la placida soledad del lugar,  así que lo tomó entre sus manos y de repente como una corriente por todo su cuerpo sintió un profundo deseo de perderse en cada una de sus letras, en cada una de sus palabras, en cada una de sus líneas, esas que representan las venas impregnadas de ilusión y pasión de un autor hasta el momento desconocido.
 Lo abrió cuidadosamente y al voltear la portada se llevó la gran sorpresa de que todas sus páginas se hallaban aún en blanco, sorprendido las miró detenidamente, vírgenes y puras sin haber sido exploradas, transformadas  y adornadas con maravillosas historias que les darían “Vida”, eso que a él se le estaba esfumando sin poder hacer nada, pensó desconsolado.
Era sin duda una analogía perfecta con el lienzo de un  pintor, un paisaje para un fotógrafo o el instrumento de un músico; fue entonces cuando empezó a olvidar por un momento todos sus problemas y nació en él la fuerte necesidad de dejar flotar su pensamientos más profundos y sinceros en aquellas páginas que pedían a gritos ser penetradas con letras cargadas de sentimientos que habían permanecido encarcelados en los lugares más oscuros y fríos del alma a la espera de una luz que los ayudase a salir.
Había perdido la noción del tiempo, la noche ya había empezado a caer, así que tomo el libro y lo introdujo en su abrigo como una madre que protege a su hijo y partió hacia su casa.
Desde ese momento aquel libro se convirtió en su consuelo, su mayor confidente, su mejor amigo, su refugio, su tranquilidad y su locura.
Escribir fue desde entonces su razón para seguir viviendo, soñaba con el, vivía para él, sentía que aquel libro llenaba su vida que estaba tan vacía, tan solitaria y tan triste, por meses enteros escribió, aunque cada vez su salud decayera más, se dedicó a viajar y llevaba aquel libro a todo lugar.
 En las noches al irse a la cama sin saber como, soñaba con lo que iba a escribir en su libro y al levantarse lo primero que hacía era sentarse a escribir sus descabellados sueños. Cada paisaje hermoso que veía, cada amanecer o cada anochecer lo inspiraban aún más, pasaba horas sentado con una taza de café y su libro, pensaba en María, su eterno amor a quien no había vuelto a ver desde hacía ya mucho tiempo, quería gritar, ir buscarla, romper en llanto, se sentía tan solo que sólo su libro podía reconfortarlo.
Decidió volver a casa, el libro estaba casi terminado, sintió por primera vez en mucho tiempo un halo de felicidad en lo más profundo de su ser, pero estaba en la fase final de su enfermedad, desplazarse cada vez se hizo más difícil, sufría fuertes temblores y en las noches la fiebre lo hacía delirar.
Una mañana se levantó decidido a terminar la última pagina, se arregló con su mejor vestido y dejó su hogar impecable, recogió su libro y su pluma y salió de casa, se dirigió a aquel parque en donde hacía unos meses atrás había encontrado el libro, se sentó en la banca lo terminó.
Lleno de satisfacción estrecho el libro contra su pecho y dejó escapar una lágrima, se quedó allí observando el atardecer, cerró los ojos y sin darse cuenta dio su último respiro, se embarcó en su último viaje y por fin pudo ser absolutamente feliz.
Horas más tarde encontraron el cuerpo sin vida de Samuel y junto a él su libro, quisieron abrirlo para buscar una dirección o algo que les permitiera conocer su identidad pero al hacerlo se dieron cuenta que las paginas se hallaban en blanco, desconcertados y sin saber qué hacer llamaron a la policía para que recogieran el cadáver, pero al llegar sólo estaba el libro de páginas en blanco sobre la banca  y Samuel había desaparecido

Durante semanas hablaron de los hechos sin poderse dar una explicación, por el paso del tiempo el paradero del libro se hizo desconocido y nadie pudo descubrir los misterios que giraban en torno a el.