Es viernes, empieza a caer la tarde y con ella los ánimos de los caminantes que llevan la conciencia ennegrecida por el smog que penetró sus sienes toda la semana. Figuras inmóviles en los paraderos están medio muertasdefrío mientras las pequeñas gotas de lluvia golpetean sus parpados cansados, parecen descongelarse momentáneamente para sacar su cajetilla de cigarrillos Marlboro en la que quisieran encontrar en la parte trasera una advertencia que dijese “Fumar puede matar, pero la soledad también” así que casi por inercia encienden la mechera como si la luz de la diminuta llama redimiera los esfuerzos de los últimos días.
Son las 6.45pm, el viejo reloj de la avenida principal parece estar a punto de colapsar, da la impresión de que en cualquier momento sólo se detendrá. Las calles se enfrían y con ellas las palabras, los corazones, las miradas y las esperanzas que se desmoronan contra el pavimento.
Es el momento del día en que sólo es posible ir por ahí pateando hojas secas y saltando pequeños charcos multicolor que reflejan las tristes luces de neón. El humo azul danza frente a nuestras pupilas y se eleva deseoso de ser una nube, una pequeña escalera al cielo con Led Zeppelin sonando de fondo.
La noche huele al claxon frenético de los automóviles, la noche huele a preocupaciones del trabajo y crisis existenciales de los 40 , la noche huele a jóvenes con la vejez pegada a las retinas. Y poco a poco como una enfermedad que se transmite por las miradas se empaña en la memoria el recuerdo de las noches que olían a primer beso en un parque, a cuello con aroma a vainilla, a café y viejas hojas de un libro, noches que olían a pequeños barcos de papel de navegando las estrellas ebrias de sentimientos, noches que olían a estéreos repletos de cassettes de los Stones o los Sex Pistols con sus letras fuera de contexto, noches que simplemente olían a noches.
No soy buena con las palabras, por eso escribo. La hora cuando el mundo se colorea de ruido azul, en un mismo cenicero cenizas y realidad.
lunes, 25 de agosto de 2014
La noche huele a smog.
martes, 12 de agosto de 2014
ENTRE BRISAS.
Y de repente estaban allí, tan ausentes, tan lejanos, casi a punto de desaparecer.
A pesar de que sólo los separaba un viejo árbol astillado por el olvido, parecían haber construido un enorme muro congelado por las miradas y la brisa que rozaba impaciente sus cuellos.
Se miraban de reojo, las esperanzas les colgaban de las pestañas y las palabras se desmoronaban sin si quiera ser pronunciadas, los sueños tejían en recuerdos las viejas risas y caricias.
Anhelaban el reencuentro, querían atraparlo y estrecharlo contra su pecho como un pequeño que ha dejado escapar su pelota amarilla, que le recuerda que la vida es amar y ya.
Empieza a caer la noche y con ella la resistencia, el orgullo se desintegra, se rinden, se acercan sus siluetas entre sonrisas complices y al final sólo sienten sus labios fundirse al compás de las ramas chocar se entre si como si su fugaz amor redimiera al mundo.