Y de repente estaban allí, tan ausentes, tan lejanos, casi a punto de desaparecer.
A pesar de que sólo los separaba un viejo árbol astillado por el olvido, parecían haber construido un enorme muro congelado por las miradas y la brisa que rozaba impaciente sus cuellos.
Se miraban de reojo, las esperanzas les colgaban de las pestañas y las palabras se desmoronaban sin si quiera ser pronunciadas, los sueños tejían en recuerdos las viejas risas y caricias.
Anhelaban el reencuentro, querían atraparlo y estrecharlo contra su pecho como un pequeño que ha dejado escapar su pelota amarilla, que le recuerda que la vida es amar y ya.
Empieza a caer la noche y con ella la resistencia, el orgullo se desintegra, se rinden, se acercan sus siluetas entre sonrisas complices y al final sólo sienten sus labios fundirse al compás de las ramas chocar se entre si como si su fugaz amor redimiera al mundo.
No soy buena con las palabras, por eso escribo. La hora cuando el mundo se colorea de ruido azul, en un mismo cenicero cenizas y realidad.
martes, 12 de agosto de 2014
ENTRE BRISAS.
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hola paula lastima que ya no nos hablemos por chat que hermoso escribes
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