Era una tarde lluviosa y nublada, Samuel acababa de ser
diagnosticado con una extraña enfermedad que no tenía cura, los médicos dijeron
que su esperanza de vida era corta, así que iba sin prisa alguna y hecho
pedazos, sólo esperaba que la lluvia empezara a caer gota a gota sobre él, así
que se detuvo en un parque en el que encontró sobre una banca un pequeño libro,
se sentó junto a el y empezó a ojearlo, al parecer era muy antiguo pero aún se mantenía
muy bien conservado, miró a su alrededor buscando un posible propietario pero todo
estaba desierto. Sólo estaban allí aquel libro y él compartiendo la placida
soledad del lugar, así que lo tomó entre
sus manos y de repente como una corriente por todo su cuerpo sintió un profundo
deseo de perderse en cada una de sus letras, en cada una de sus palabras, en
cada una de sus líneas, esas que representan las venas impregnadas de ilusión y
pasión de un autor hasta el momento desconocido.
Lo abrió
cuidadosamente y al voltear la portada se llevó la gran sorpresa de que todas
sus páginas se hallaban aún en blanco, sorprendido las miró detenidamente, vírgenes
y puras sin haber sido exploradas, transformadas y adornadas con maravillosas historias que les
darían “Vida”, eso que a él se le estaba esfumando sin poder hacer nada, pensó
desconsolado.
Era sin duda una analogía perfecta con el lienzo de
un pintor, un paisaje para un fotógrafo o
el instrumento de un músico; fue entonces cuando empezó a olvidar por un
momento todos sus problemas y nació en él la fuerte necesidad de dejar flotar
su pensamientos más profundos y sinceros en aquellas páginas que pedían a
gritos ser penetradas con letras cargadas de sentimientos que habían permanecido
encarcelados en los lugares más oscuros y fríos del alma a la espera de una luz
que los ayudase a salir.
Había perdido la noción del tiempo, la noche ya había
empezado a caer, así que tomo el libro y lo introdujo en su abrigo como una
madre que protege a su hijo y partió hacia su casa.
Desde ese momento aquel libro se convirtió en su consuelo,
su mayor confidente, su mejor amigo, su refugio, su tranquilidad y su locura.
Escribir fue desde entonces su razón para seguir
viviendo, soñaba con el, vivía para él, sentía que aquel libro llenaba su vida
que estaba tan vacía, tan solitaria y tan triste, por meses enteros escribió,
aunque cada vez su salud decayera más, se dedicó a viajar y llevaba aquel libro
a todo lugar.
En las noches al
irse a la cama sin saber como, soñaba con lo que iba a escribir en su libro y
al levantarse lo primero que hacía era sentarse a escribir sus descabellados
sueños. Cada paisaje hermoso que veía, cada amanecer o cada anochecer lo
inspiraban aún más, pasaba horas sentado con una taza de café y su libro,
pensaba en María, su eterno amor a quien no había vuelto a ver desde hacía ya
mucho tiempo, quería gritar, ir buscarla, romper en llanto, se sentía tan solo
que sólo su libro podía reconfortarlo.
Decidió volver a casa, el libro estaba casi terminado,
sintió por primera vez en mucho tiempo un halo de felicidad en lo más profundo
de su ser, pero estaba en la fase final de su enfermedad, desplazarse cada vez
se hizo más difícil, sufría fuertes temblores y en las noches la fiebre lo hacía
delirar.
Una mañana se levantó decidido a terminar la última
pagina, se arregló con su mejor vestido y dejó su hogar impecable, recogió su
libro y su pluma y salió de casa, se dirigió a aquel parque en donde hacía unos
meses atrás había encontrado el libro, se sentó en la banca lo terminó.
Lleno de satisfacción estrecho el libro contra su pecho y
dejó escapar una lágrima, se quedó allí observando el atardecer, cerró los ojos
y sin darse cuenta dio su último respiro, se embarcó en su último viaje y por
fin pudo ser absolutamente feliz.
Horas más tarde encontraron el cuerpo sin vida de Samuel
y junto a él su libro, quisieron abrirlo para buscar una dirección o algo que
les permitiera conocer su identidad pero al hacerlo se dieron cuenta que las
paginas se hallaban en blanco, desconcertados y sin saber qué hacer llamaron a
la policía para que recogieran el cadáver, pero al llegar sólo estaba el libro
de páginas en blanco sobre la banca y
Samuel había desaparecido
Durante semanas hablaron de los hechos sin poderse dar
una explicación, por el paso del tiempo el paradero del libro se hizo
desconocido y nadie pudo descubrir los misterios que giraban en torno a el.
Me satisface mucho la rapidez con la que has actuado, aunque he observado que algunas palabras siguen igual. Un saludo.
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